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miércoles, 15 de agosto de 2018

El columpio

No sé por qué te quiero, será que tengo alma de bolero.
Esa canción sonaba incansablemente en su cabeza. Y esa misma pregunta resonaba a la vez que la voz de Ana Belén sabiendo que no había respuesta posible.

Le quería. Aun sabiendo que él no sentía lo mismo. Aun sabiendo que la utilizaba sólo cuando no había nada mejor que hacer. Para sentirse importante y arropado. Pero no podía evitar quererle.
Mientras se preguntaba una y otra vez lo mismo recordaba el día que todo empezó.

Una casa vieja, medio destartalada. Un jardín con jazmines. Y un columpio. Ese maldito columpio que se volvió tan importante para ella.

La imagen bucólica la llevó a sentarse en el columpio y entre subida y bajada apareció él abrazándola por la espalda. Entonces se giró para mirarlo y la besó. En ese mismo momento supo que ya no habría escapatoria.


Ese maldito columpio. Cualquier maldito columpio. La transportaba al momento en el que empezó a enamorarse de él. La llevaba al principio de su final.

lunes, 27 de agosto de 2012

Cada dos minutos


El verano llegaba a su fin y María no había sabido nada de Pedro desde que se despidieron una lluviosa tarde de junio. Era inusual que en aquella isla lloviera, y más aún en junio, parecía que el tiempo estaba anunciándoles como iban a sucedes las cosas de aquí en adelante, esa fue la última vez que se vieron.

Llevaban dos años juntos, a pesar de ser cada uno de una punta del país el destino les había hecho coincidir durante un tiempo en el mismo punto, poco después estaban juntos, sólo tuvieron que conocerse de verdad para saber que eran lo que el otro estaba buscando.

Al empezar junio sabían que tendrían que empezar a replantearse las cosas, acababan la universidad y lo más normal es que cada uno volviera a su casa para empezar a forjarse una nueva vida.

Durante el año anterior Pedro le había insistido repetidas veces en irse a vivir juntos, cosa que María que rehusaba por el momento, pero sabiendo que algún día sería lo que harían; nada le hacía sospechar que cuando ella le propusiera a Pedro irse a Madrid juntos a empezar los dos de cero obtendría silencios como respuesta.

La noche anterior a volver a casa de unas mini vacaciones juntos ella se lo soltó de golpe:

-    Pedro, he estado pensando… ¿y si nos vamos a Madrid a vivir juntos? Así los dos estaríamos en igualdad de condiciones, ni yo te adosaría a mis amigos y ni tú a los tuyos. Empezaríamos los dos de cero, juntos.

Pedro se limitó a mirarla y besarle la frente.

A la mañana siguiente salieron dos vuelos, María volvió a casa y Pedro fue a la suya. En el aeropuerto se despidieron y se dijeron que hablarían durante el verano de los planes que propuso María, Pedro le prometió que se lo pensaría.

Pero el verano estaba llegando a su fin y María no había vuelto a hablar con Pedro desde aquella mañana en el aeropuerto. Cada dos minutos recordaba la escena, se veía a ella contándole a su novio sus planes de futuro y a él callado observándola. Cada dos minutos.

Cada dos minutos encontraba nuevas señales que le hacían ver que aquella relación debió acabar en ese mismo momento y no alargar la agonía tres meses, nadie merece eso.

En ese preciso momento un taxi paraba en la puerta de la casa familiar de Pedro y María se bajaba de él bajo la atónita mirada de Pedro que llegaba justo en ese momento.

-    He venido a decirte que esto no puede seguir. Llevamos tres meses sin vernos, sin hablarnos y, seguramente, sin echarnos de menos. Cuando te llamo no contestas, cuando llamas tú soy yo la que no lo hace. Así que he venido para decirte adiós, no debemos hacernos más daño. Sé feliz, yo haré lo mismo. Me lo he ganado.


sábado, 24 de diciembre de 2011

ESTA MAÑANA

Cuando lo vió fue como si el mundo se parara de repente, sus amigas desaraparecieron de su lado y a lo largo del vestíbulo sólo estaban ellos dos mirándose sin pestañar desde extremos opuestos.
Hacía diez años que se habían visto en aquel mismo sitio. Ella había ido a pasar un fin de semana con sus amigas para celebrar que empeceban una nueva vida y él… nunca le dijo cual era su excusa para estar allí.
Aquel fin de semana fue inolvidable, desde que se cruzaron en el pasillo de sus habitaciones no se separarón hasta el momento de su despedida; una despedida que dejaron abierta, pues nunca se dijeron adiós simplemente esperaron que el destino volviera a unir sus caminos.
Durante estos diez años ella había revivido mentalmente aquellos días millones de veces, era su medio de escape a la monotonía de su vida, la única locura cometida en 28 años. Siempre la hija perfecta, la alumna perfecta, la típica persona que nunca había roto un plato en su vida, a excepción de aquel fin de semana en el que decidió romperlos todos.
Se acercarón el uno al otro lentamente, temiendo que si se tocaban el espejismo desapareciera. Cuando al fin estaban los dos juntos en el centro del vestíbulo, bajo la inmensa lámpara de araña del hotel, él, seguidor de las películas de Richard Gere, la besó apasionadamente y le dijo:
-No te vuelvas a marchar.