No sé por qué te quiero, será que tengo alma de bolero.
Esa canción sonaba incansablemente en su cabeza. Y esa misma
pregunta resonaba a la vez que la voz de Ana Belén sabiendo que no había
respuesta posible.
Le quería. Aun sabiendo que él no sentía lo mismo. Aun sabiendo
que la utilizaba sólo cuando no había nada mejor que hacer. Para sentirse
importante y arropado. Pero no podía evitar quererle.
Mientras se preguntaba una y otra vez lo mismo recordaba el
día que todo empezó.
Una casa vieja, medio destartalada. Un jardín con jazmines. Y
un columpio. Ese maldito columpio que se volvió tan importante para ella.
La imagen bucólica la llevó a sentarse en el columpio y
entre subida y bajada apareció él abrazándola por la espalda. Entonces se giró
para mirarlo y la besó. En ese mismo momento supo que ya no habría escapatoria.
Ese maldito columpio. Cualquier maldito columpio. La
transportaba al momento en el que empezó a enamorarse de él. La llevaba al
principio de su final.
Hacía diez años que se habían visto en aquel mismo sitio. Ella había ido a pasar un fin de semana con sus amigas para celebrar que empeceban una nueva vida y él… nunca le dijo cual era su excusa para estar allí.
Aquel fin de semana fue inolvidable, desde que se cruzaron en el pasillo de sus habitaciones no se separarón hasta el momento de su despedida; una despedida que dejaron abierta, pues nunca se dijeron adiós simplemente esperaron que el destino volviera a unir sus caminos.
Durante estos diez años ella había revivido mentalmente aquellos días millones de veces, era su medio de escape a la monotonía de su vida, la única locura cometida en 28 años. Siempre la hija perfecta, la alumna perfecta, la típica persona que nunca había roto un plato en su vida, a excepción de aquel fin de semana en el que decidió romperlos todos.
Se acercarón el uno al otro lentamente, temiendo que si se tocaban el espejismo desapareciera. Cuando al fin estaban los dos juntos en el centro del vestíbulo, bajo la inmensa lámpara de araña del hotel, él, seguidor de las películas de Richard Gere, la besó apasionadamente y le dijo:
-No te vuelvas a marchar.